
Conocida de todos sus súbditos esta inclinación, una vez, cuando entraba victorioso en Roma después de larga campaña, cierto artesano le presentó un cuervo al que había enseñado a decir: ¡Salve, César vencedor! Muy complacido, Augusto compró aquel cuervo por elevada suma.
Alentados por el éxito del artesano, otros ciudadanos se apresuraron a imitarle, y Augusto adquirió así, de buen grado, un loro y una urraca, igualmente amaestrados en parecidas lisonjas.
Por su parte, un pobre zapatero, a imitación de los otros, perseguía el mismo objeto con un papagayo. Pero el animal se resistía a aprender, y el zapatero, desalentado, gemía a cada paso: ¡He perdido mi tiempo y mi paciencia! Por fin, mal que bien, el animalejo aprendió a repetir la lisonja regia e incluso acertó a soltarla al paso del emperador. Pero éste, harto ya de tanto adulador, le dijo al zapatero:
— Lo siento, buen hombre, pero ya está bien...
Como si hubiese entendido el desaire del César, el papagayo dijo entonces claramente lo que tantas veces había oído repetir a su amaestrador:
— ¡He perdido mi tiempo y mi paciencia!
Augusto lanzó una sonora carcajada y pagó con excepcional esplendidez al zapatero la oportunidad del pájaro.
Publicado por: Ohslho
La Paz, 29 de Abril del 2015